21 de julio de 2015

Segundo concurso RetroRelatos de RetroManiac - La isla del fin




Segundo puesto 2º Concurso RetroRelatos de RetroManiac

La isla del fin, por Lorenzo Guigon



1


Verano de 1991. Amarok, Images, las cintas de Synthesizer, que escuchabas en tu walkman mientras observabas distraídamente el vaivén de las olas. Y todos aquellos cuerpos congregados en el brocado del agua, afanados por arrancar a la mañana un momento de éxtasis. O la brisa creada a kilómetros de ti, ese viento cósmico que arremolinaba tus cabellos, la emulsión del sol sobre tu piel. Todo eso era real. También lo era el tipo del bañador a cuadros, tocado con un sombrero de tela, que caminaba por la orilla como el minero Willy, y de quien esperabas un salto bien calculado para evitar a los niños que construían obstáculos con retazos de barro mojado. Pero el hombre seguía su camino y eludía lateralmente aquel relieve erizado, que tampoco era un retrete de tapa batiente sino simple arena. EXAMINAR PLAYA, pensabas entonces. Cubos, fresqueras, este viento áureo, multitudes reclamando con júbilo su derecho al melanoma. SALIDAS: ninguna. ESPERAR, decides, por hacer algo. El tiempo pasa. Te desesperas. COGER CUBO, naturalmente, no es una opción. BAÑARTE es la salida más obvia... para retornar con esta nueva molestia del bañador empapado y ceñido a tus piernas al punto de partida. Volver a tu toalla. Secarte. Mirar alrededor.

Nada que destacar. Acudes entonces a una solución temporal: EXAMINAR BOLSA, SACAR LIBRO DE LA BOLSA. TUMBARTE BOCA ABAJO.

Te pones a leer.

O eso es lo que crees. Te crees que vas a leer, que el mundo seguirá rodando como si nada, ¿verdad? No, nada de eso. Porque de pronto la has visto allí, a dos o tres sombrillas de distancia. La has visto allí, con las manos en las caderas, de pie ante el mar como una joven emperatriz que otease la inabarcable extensión de sus dominios: ves su cuerpo esbelto, su vibrante energía, su presencia escultórica. Tan poderosa en su belleza, y a la vez tan perdida entre el aire y el sol como tú mismo. Oh, y si eso fuera todo... Porque entonces ocurre algo, algo que hasta ahora sólo habías visto que ocurriese en las películas.

Ella se vuelve y te observa por encima del hombro. Y cruza su mirada con la tuya.

El tiempo deja de pasar. La miras con la boca abierta. Y la luz que emana de su sonrisa, repentinamente, pixela el mundo.


Fue también el año en que descubriste esa insólita habilidad para eliminar a los enemigos de tu planeta, ya fueran extraterrestres o criaturas prehistóricas. O mejor dicho: con los extraterrestres podías (vaya si podías); con las criaturas prehistóricas, en cambio, no. Tenías la impresión de que Prehistoric Isle había llegado a tu vida para demostrarte que no eras el genio del mando que creías ser, que tu destreza tenía un límite. Así que durante meses, hiciera frío o calor, lloviera a mares o estuviera el mundo cubierto por la blancura fractal de la nieve, te dedicaste a recorrer los niveles de aquel nuevo arcade con el único fin de probarte a ti mismo que podías hacerlo. Era la primera vez que dirigías un avión al que desnivelaban tus enemigos simplemente saltando sobre él y colgándose de sus alas, o en el que al disparar contabas con un apoyo tecnológico que rotabas a tu alrededor para cubrir cualquier flanco. Nunca te preguntaste qué mano humana o divina había introducido aquel arma en el interior de unos huevos flotantes, entre otras cosas porque no eras la clase de jugador que mordía la mano que le daba de comer. Te bastaba con aprovechar su aparición y defenderla contra los ataques de los seres que se abigarraban a tu alrededor, pues bastaban unos pocos roces para reducirla a una volátil arenisca que te dejaba indefenso cuando más falta te hacía. Por lo general lograbas mantenerla en perfectas condiciones hasta las últimas fases, después de haber transitado por cavernas, bosques e incluso abismos submarinos, disparando a pterodáctilos de vuelo errático o cangrejos que lanzaban sobre ti su brazo prensátil. Pero las restantes etapas en pos del último nivel se convertían en un caos de enemigos suicidas y disparos imposibles de eludir, y poco a poco veías cómo tu arma adquiría ese inquietante color verdusco que anunciaba su fin.

Aguantabas un poco más, los ojos abiertos de par en par, moviendo frenéticamente el mando en todas direcciones. Disparando a ciegas, empujando la palanca con toques medidos, esquivabas cada flota, lograbas acertar al huevo, su cascarón se abría.

El arma estaba allí, al alcance de tu hélice. Pero, como siempre, llegaba demasiado tarde.

3

Aquel verano tus caminatas sin rumbo por la orilla del mar te habían llevado hasta un remoto rincón de la playa donde el paseo marítimo volvía a recobrar sus dunas de arena, pero una mano amiga —no sabías, de nuevo, si divina o humana— había erigido para ti aquel templo de música enlatada y luces centelleantes donde purgar tus penas. Nunca hubieras descubierto su existencia de no haber sido por esa chica a la que habías visto días atrás, aquella jovencita que te había convertido en esta especie de buda playero, sempiternamente sentado a la sombra de tu trozo de tela con la gravedad de quien reflexionara sobre el destino del universo, cuando lo único que hacías era reunir el valor que necesitabas para algo en apariencia tan sencillo como hablar con ella. Así que cada tarde te dedicabas a pasear, flagelándote una vez más por tu cobardía, pensando que faltaba cada vez menos para regresar a casa y que eso, lejos de ser lo que tanto deseabas cuando comenzaron tus vacaciones, ahora te llenaba el alma de un profundo pesar.

Bueno... Al menos un salón recreativo podía ser el mejor lugar para recuperar el orgullo herido, para demostrarte que seguías siendo el mismo tipo valeroso que quizá no era capaz de saludar a una chica sin sonrojarse, pero cuya destreza sí podía servir para que la existencia de alguien que jamás sabría de tu amor no fuera segada por una invasión marciana. Lo que desde luego no esperabas era encontrar allí a la que había sido tu némesis durante todo aquel año, tu máquina maldita, la única que había puesto a prueba tu destreza y había logrado salir airosa del empeño. Sus graznidos metálicos resonaban por todo el salón, emitiendo su eco victorioso, y tú te acercaste a ella con pasos cautos, con la mirada del piloto experimentado, del derrotado pero no vencido, y decidiste que aquella sería tu última partida. Era o ella o tú. Y esta vez ganarías, y lo harías por todo aquello en lo que a este lado de la pantalla, por lo visto, no parecías ser capaz de ganar.

Tomaste los mandos y enseguida te sentiste transportado a un universo distinto, donde las cosas que te rodeaban perdían su solidez para convertirse en un mero borrón, una marca de agua. Tu avance entre las criaturas de la isla dejó de ser una mera interacción entre el ojo y el brazo para adquirir una rara armonía, y de hecho después de aquel día siempre has pensado que ese fue un momento de puro éxtasis, lo más cerca del nirvana que has estado jamás. Sentiste a tu alrededor la masa creciente de los curiosos que abandonaban sus partidas para recrearse en la tuya, para admirar con gritos de asombro tu destreza al apartarte de un disparo en el último momento y arrasar de manera magistral todo cuanto tenías por delante. Las voces, los aplausos, incluso las palmadas en la espalda, eran sensaciones que sólo tenían lugar en un rincón de tu mente: la realidad estaba allí, en todos esos movimientos calculados que parecían coreografiar la lírica de tu victoria. Sudabas por todos tus poros, tu pulso se aceleraba con cada horda que surgía de los confines del scroll lateral, la sangre ardía bajo tu piel... pero lograste llegar al último enemigo, el monstruo incógnito cuyo nombre —una amenazadora X— avisaba de que su existencia ni siquiera había sido recogida en los libros de ciencia, y tú estabas ahí ante él, resollando con la mirada ígnea y el corazón palpitando de pronto con una calma extraña, como quien se sabe delante de su destino.

Y entonces la viste. En esa tregua que el enemigo te brindaba antes de iniciar el último intercambio de disparos, viste su hermoso rostro reflejado en la pantalla de la máquina. Y no sólo la viste a ella.

También lo viste a él.

Se habían puesto detrás de ti, y el rumor de sus palabras comenzó a resonar sobre aquella tensa música de cuerdas que prologaba tu duelo con el monstruo. La chica preguntaba a su novio por el secreto final de la isla, y él respondió que no lo conocía, que nunca había llegado tan lejos. Su mirada buscó entonces la tuya en el reflejo de la pantalla, como días atrás la buscó a orillas del mar, y lo que viste fue... oh, fue la mirada de la princesa rescatada en el castillo, la de la doncella en brazos del caballero de blanca armadura. Admiraba tu valor, admiraba tu fuerza. Porque eras capaz de algo que su novio no podía hacer. Y en ese momento te sentiste más cerca de ella de lo que ningún hombre se sentiría jamás, y apretaste el mando como la empuñadura de una espada, y quisiste ofrecerle la muerte de aquel dragón pavoroso como testimonio del amor que había hecho nacer en ti. Y la lucha del hombre contra la bestia comenzó por última vez, entre los murmullos impacientes del gentío.

4

Te temblaba todo el cuerpo cuando, aferrado aún a la máquina, despertaste una vez más a la realidad, esa realidad donde las derrotas no se contabilizaban por vidas perdidas, sino por muescas que se grababan a fuego en tu alma. La gente desapareció entre algún comentario desencantado, sin siquiera mirarte, pero tú sólo tenías ojos para ella: se diluía a lo lejos prendida a la cintura de su novio, tornándose cada vez más remota en el reflejo de la pantalla, sin volverse para mirarte al menos una última vez.

Habías estado a un solo disparo de triunfar sobre el reino de los monstruos y los amores imposibles. Uno solo. Y ahora no podías sino estremecerte desde la amarga certeza de tu única vida, con la mirada clavada en ella, el amor que desaparecía de tu lado, consciente de que en aquella doble derrota habías aprendido algo profundo, revelador y terrible, de tu propio ser.

Pero aún no sabías qué.

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